Por Alejandra Lara /
Fotos Paulo Lara
Soy una persona bastante sensitiva respecto a lo paranormal. He visto y sentido cosas –personas, espíritus, fantasmas, llámalo como quieras– a lo largo de mi vida, pero nunca algo tan fuerte como lo que percibí el 7 de agosto del 2019 visitando Auschwitz, Cracovia, Polonia, conocido tristemente como campo de muerte.
Viajé a este sitio porque fue mi regalo de cumpleaños número 18 de parte de mi padre. Apenas se llega a Auschwitz se percibe un ambiente negativo; sabemos muy bien lo que ocurrió allí, lo hemos visto en muchísimos documentales y leído en los libros de historia donde se mencionan algunas de las atrocidades que allí ocurrieron. Pero no es hasta que llegas adonde convergen las vías del tren con la entrada al campo de concentración cuando te das cuenta de que es mucho más horrible de cómo te lo han contado.
Haciendo una excursión de forma voluntaria y siendo plenamente consciente del sitio que estábamos visitando, ya sabíamos que esta no iba a ser una visita agradable pero quería ver la historia de cerca.
Íbamos con un guía que hablaba español y nos iba contando la historia del recinto. Se trata de una excursión de 5 horas en las que se visitan Auschwitz 1 o campo de concentración y reeducación, y Auschwitz Berkenau o campo de exterminio.
La historia de estos campos, aunque muchos fueron destruidos y no quedan casi restos de ellos, ya la conocemos lo suficiente, pero quiero contar lo que llegué a sentir en Auschwitz.
Encarnada en un prisionero
Lo primero que dí cuenta mientras el guía nos iba contando detalles de lo ocurrido en los campos de concentración, es yo podía ver lo que allí ocurrió; otras veces cuando he presenciado algo paranormal, lo he visto o sentido, pero esta vez en Auschwitz, viví la situación y estuve en los dos planos al mismo tiempo).
Yo era uno de los presos y recalco preso, vestido con el conocido pijama a rayas azules y blancas. Era un chico joven y delgado que todavía podía mantenerse con vida. Pasábamos por un camino empedrado y los más débiles se iban quedando por el camino, la mayoría de las veces siendo pisados por los que venían detrás.
Estaba andando el camino que hacía todas las mañanas para ir a mi lugar de trabajo, un campo de cultivo, y un señor de unos 40 o 50 años justo se cayó a mis pies por fatiga. Podía sentir cómo agarraba mi tobillo derecho con las pocas fuerzas que le quedaban. Percibí su mano decrépita, huesuda y sin vida. Su último aliento fue para mirarme con esos ojos hundidos y pedirme ayuda.
Al tiempo que eso ocurría, podía escuchar los gritos de soldados alemanes advirtiéndonos que no nos detuviéramos, que siguiéramos con la vista al frente. Debo aclarar que no tengo ni idea del alemán, pero en esta vivencia en Auschwitz entendía a la perfección esos gritos de los superiores.
Durante buena parte de la visita no paraba de escuchar los gritos llenos de desprecio de esos nazis hacía alguno de nosotros, así como los llantos de desolación de aquellos que no volverían a ver la luz del sol.
Testigo de un suicidio
En otro momento de la visita, el guía nos comentó sobre las vallas eléctricas y explicó que muchos preferían el suicidio a una muerte en Auschwitz. Nos dijo que los zapatos de los presos iban sin cordones para evitar que se ahorcasen con ellos y que simplemente por acercarse a las vallas recibirían un disparo.
Pues literalmente, en mi visita, ví el espíritu de un preso que se detuvo frente a la valla electrificada mientras era apuntado por un soldado nazi; me miró y pronunció estas escalofriantes últimas palabras: ‘Prefiero morirme’ y acto seguido agarraba con la mano derecha la valla de 400 voltios y era electrocutado vivo.
Otra cosa que viví, fue cuando el guía nos habló sobre la supervivencia dentro de los barracones. Muchas veces los presos se mataban entre ellos por un trozo de comida o por conseguir la parte de la habitación menos fría en invierno. Pues fue en ese momento cuando estuve en el espíritu de un chico que había dado todo por su hermano y había hecho lo imposible para que fuese feliz a pesar de las espantosas circunstancias, estaba a punto de asfixiarle con una almohada.
Observé como los dos tenían los ojos llenos de lágrimas y el que estaba a punto de morir, miró a su hermano diciendo: ‘tranquilo, no pasa nada’ y el que mataba no paraba de decirme ‘lo siento, lo siento’.
Caminando por uno de los espacios entre barracones –visité Auschwitz agosto–, sentí como nevaba y muchos de los presos caían desfallecidos por el frío. Cuando girabas la cabeza, aunque fuese por un segundo, al instante un soldado nazi te gritaba y amenazaba con dispararte con su arma.
Seguimos con nuestra visita y empecé a percibir olor a quemado y se lo dije a mi padre, quien me preguntó de que dirección venía y apunté hacia una zona que para mí sorpresa coincidía con el sitio donde se encontraban los hornos crematorios.
Inmersa en ese mundo de imágenes percibidas extrasensorialmente, recuero que nos llamaron pronto por la mañana para llevarnos al campo a trabajar, uno de mis compañeros salía tarde del barracón e intentó unirse al grupo corriendo pero le detuvo un disparo y murió agonizante mientras era pisado por grupos de presos que mantenían su mirada al frente, inexpresiva, fría, como de máquinas.
Cuando ya finalizó nuestra visita al campo, el guía nos detuvo justo a la salida para hacer un pequeño homenaje y nos pusimos en círculo e hicimos un minuto de silencio.
En ese instante pude ver muchas figuras estáticas y borrosas en esa parte del campo. Eran los espíritus de personas que no pudieron salir nunca de Auschwitz y que miraban melancólicamente hacia el recinto con aceptación y sin poder hacer nada, como diciendo ‘yo no salí nunca de aquí, esta es mi eternidad’.
Pero al mismo tiempo, reviví los momentos de liberación del campo por parte de los rusos. Los que si pudieron salir miraban al recinto pensando ‘si pude escapar’ y hacia el exterior ‘esa es mi libertad’. Recuerdo la imagen de un chico joven con un papel en la mano, su boleto de tren para salir, y una pequeña bolsa con sus pocas pertenencias, era un muchacho joven, moreno, con el pelo rizado y corto, de ojos claros y piel blanca, todavía se mantenía con ánimo y fuerza suficiente para sonreir hacia su salvación.
Este chico miro por última vez a lo que había sido su propio infierno con una sonrisa triste por aquellos que no lograron huir y se dirigió a la salida acompañado por un soldado ruso.
La tristeza se huele y se siente
Al salir de Auschwitz sentí muchas cosas a la vez, tristeza, angustia, perdí el apetito y hasta me empecé a encontrar un poco mal; pero fue impactante poder sentirlo tan vívidamente y comprender un poco mejor la historia del campo.
También me gustó hacer mi propio homenaje a todos aquellos que pasaron por Auschwitz, los que llegaron y pudieron salir, pero sobre todo a los que entraron y nunca más salieron. Caminé por las «vías de la muerte” desde la entrada del campo hasta donde finalizaban, haciendo así el camino que muchos no lograron completar en su vida, recorriendo esas vías a la inversa por ellos.
Aquí termina mi historia detallada de lo que viví en el campo de concentración de Auschwitz, una redacción dura y cruda de lo que desgraciadamente fue una realidad y no solo un mal sueño.
Escribir esto y volver a recordarlo todo ha sido complicado puesto que no es una sensación agradable pero me alegra poder compartirlo y dejarlo escrito.

Esto en verdad me ha conmovido, que fuerza para soportar aquellas visiones o vivencias.
Esto en verdad me ha conmovido, que fuerza para soportar aquellas visiones o vivencias.
que interesante y tener esa virtud paranormal creoq ue uno en ese momento se podria a ver hecho una oracion aquellos que no llegarona asalir quizas algun dia vaya a visitar alemania
Hola, quizás en otra vida fuiste prisionero. Podrías hacerte vidas pasadas!
Que triste lo que cuentas. Se debe sentir la atmósfera de miedo y terror.