Ian Anderson decidió editar este año Thick as a brick 2 para contarnos qué había pasado con el niño prodigio Gerald Bostock cuarenta años después del primer disco. Tocar ambos trabajos en un solo concierto era su próximo reto. Te contamos cómo fue su recital en Córdoba y cómo afrontó tan loable empresa.
Si durante el día cayó fuego derretido sobre Córdoba no iba a ser menos durante la noche. A eso de las once menos cuarto estábamos a treinta y nueve grados y en la puerta destinada a la entrada de la prensa. Amablemente nos recibió David y comentó las leoninas condiciones para los fotógrafos del concierto, sólo siete minutos y desde el lado derecho del escenario. Mal empezábamos.
Tras una breve visita al puesto del expeditivo Tom Lynch (that t-shirt-xl-twenty-thank you) nos ubicamos en una zona algo más tranquila de un teatro abarrotado. El concierto en sí empezó con los músicos vestidos con una gabardina marrón y limpiando el escenario. Poco a poco nos fuimos dando cuenta de que el video aclaratorio nos indicaba que aquello iba a empezar de forma oficial.

Salió Ian y entonó las primeras notas de su clásico de 1972. Algún problema con su micrófono, y algunas indicaciones a los fotógrafos por parte de su road crew, nos hicieron temer lo peor pero, afortunadamente, todo salió tal y como estaba previsto. Los allí presentes tuvimos la oportunidad de disfrutar de un sonido perfecto, limpio y directo. La banda dio el 100% a la hora de interpretar un clásico del rock progresivo. Anderson se salió e incluso experimentó con algún que otro efecto en el sonido de su flauta.
A destacar la intervención vía Skype, todo estaba grabado, de Anna Phoebe que “interrumpió” con su llamada a Ian, se excusó con él por no poder estar en el concierto, tenía que cuidar a su hijo, y con su bebé interpretó su parte de violín en la canción. Igualmente vital para esta parte del concierto es la participación de Ryan O’Donnell, cantante de apoyo que le da a esta parte del show un toque teatral bastante acertado y sin el cual muchos espectadores, que no sabían que no iban a ver un concierto de Jethro Tull, habrían quedado fulminados por el barroquismo musical de la citada pieza.

Un breve intermedio nos llevó de la mano a la interpretación de Thick as a brick 2. El disco nos parece uno de los mejores de Ian Anderson y lo mejor que ha hecho el músico en los últimos veinte años. Lo más curioso es que en directo gana muchísimos enteros y, para un servidor, no tiene mucho que envidiarle al disco de hace cuarenta años. El paso del tiempo lo convertirá en un clásico.
“Adrift and dumfounded”, “Old school” y “What ifs, maybes and might have beens” fueron posiblemente las mejores canciones de esta segunda parte que también estuvo acompañada de videos a lo John Cleese y de varias coreografías de Ian con el citado cantante de apoyo que no colabora tanto en esta segunda parte. Si Ian Anderson es un titán del rock que lo compone absolutamente todo y logra emocionarnos, la banda que le acompaña es digna de un monumento. Scott Hammond es un metrónomo versátil que consigue que su batería marque el tempo del concierto.
David Goodier es, junto a David Pegg, de los mejores bajistas que jamás hayan trabajado con Anderson, Florian Ophale es un guitarra certero, versátil y perfecto para Anderson y John O’Hara está a la altura de teclistas míticos como John Evans o Andy Giddings. No se trata de los palmeros de Ian Anderson sino de un conjunto de músicos dando un concierto de música pura y dura.
Tras la segunda dosis llegó un breve descanso y los bises. El teclista echó a un energúmeno del escenario, fue felicitado por Ian y comenzó a sonar “My God” y “Locomotive Breath” nos llevaron a 1971 y a confirmar que la voz de Ian cada vez está mejor. Aquello se acabó con la sensación de que habíamos presenciado un concierto de rock progresivo de la mejor calidad. Hora y tres cuartos de magia, de escalas imposibles, de guitarras y flauta, de música con mayúsculas. Cuarenta y tres años de carrera provocan que Ian siga siendo un maestro en lo suyo. No en vano siempre ha tocado, como mínimo, unos cuarenta conciertos al año. Su lugar natural es el escenario y ha vuelto a demostrarlo acompañado de sus huestes. Vuelva usted cuando quiera señor Anderson y nunca deje de tocar. Le necesitamos.
David López
