Con motivo de la reciente publicación de We Once Wished, Rock In Spain habló con Ainara LeGardon, una de las grandes figuras del panorama independiente español, a propósito de sus nuevas canciones que suponen un giro estilístico en su dilatada carrera.
Me llama la atención el hecho que el disco, en parte, haya sido grabado en la sala Moby Dick de Madrid. ¿Se trata de un nicho emocional donde encuentras seguridad y confianza a la hora de afrontar nuevas canciones en la capital?
Estoy muy unida a la sala Moby Dick. En su escenario ha tocado decenas de veces (la primera en el 95), y trabajé allí como encargada de producción de conciertos durante varios años. Paco Jiménez, mi técnico y productor, es el técnico jefe de la sala, así que en cierto modo es estar como en casa. Aparte de todo eso, creo que es la sala con mejor sonido y visibilidad de Madrid, dentro de las de su aforo. Me encanta tocar en ella y también asistir como público y disfrutar de buenos conciertos con un sonido excelente.
En las letras de tus canciones desborda la privacidad, la intimidad, … es un viaje en primera persona a secretos escondidos y emociones encontradas y/o olvidadas. Parece como si se estableciese un diálogo entre dos desconocidos que, en un encuentro fortuito, comparten una serie de experiencias vitales. Extraños sentimientos afloran cuando una persona abre así su corazón. ¿Cuál es el principal valor de tus letras? Para mí, desde luego, poseen un valor terapéutico, casi de exorcismo. ¿La cercanía, esa íntima complicidad, es uno de los factores definitorios de tu música? Supongo que sí. De todas formas, suscribo una frase de Lydia Lunch que dice: “Por muchas cosas que revelemos en nuestros escritos, lo que más satisfacción me da es recrearme en aquellas que la gente no sabe…” ¿Sería posible verte un tanto más alejada en tus textos, sin ese reflejo personal tan profundo? Ahora mismo no. No me siento preparada ni cómoda escribiendo sobre temas que traten problemáticas globales o historias de ficción en tercera persona. Para mí supone un ejercicio de estilo que quizá algún día me apetezca abordar, pero no en estos momentos.

Acorde con las letras, la instrumentación, salvo momentos puntuales, tiende a la desnudez, la sencillez. No hay grandes artificios, devaneos ni concesiones. El disco es directo, crudo, contundente. ¿Es este el mejor vehículo para tus letras?
No sólo la instrumentación se ajusta a los adjetivos que has usado, sino también las propias letras. Son desnudas, sencillas, en ocasiones breves. Siempre trato de que sean lo más concisas posible, así que la forma en la que la instrumentación las viste ha de ir en consonancia con esa crudeza y la falta de artificios.
Entendiendo que cada disco es una muestra del estado emocional del músico, diferentes sentimientos a expresar en diferentes momentos temporales, distintas inspiraciones y distintas necesidad que ser contadas,… ¿con qué faceta, con que forma estilística, te encuentras más cómoda? ¿En la suavidad de los primeros discos o abrazando con descaro el ruido?
Lo bonito es que me he encontrado cómoda en cada momento con el disco correspondiente, excepto quizás con el tercero (“Forgive me…”) -que en sí es bastante incómodo-, y que costó mucho más concebir, realizar y llevar al directo. Actualmente disfruto muchísimo con el palpitar de la electricidad desaforada, y espero seguir disfrutando de esta sensación todo lo que pueda.
Estas canciones suponen un giro emocional, un soplo de aire fresco, un nuevo nacimiento en el que, por fin, se dejan muchas cosas atrás. Musicalmente, ¿qué queda atrás y qué nos queda por descubrir de esta nueva Ainara?
Musicalmente estoy viviendo el periodo más creativo de mi vida. Si me preguntas qué queda atrás, te diré que la concentración en un solo proyecto, y en cierto modo, el estancamiento artístico que eso supone. Actualmente estoy colaborando con una compañía de danza, y haciendo cosas en el mundo de la improvisación. Junto a Álvaro Barriuso (Dúo Cobra) acabo de iniciar un proyecto de improvisación vocal, Archipiel, que me divierte y me reta a partes iguales.
“Thirsty” es la carta de presentación de “We once wished”. ¿Cómo fue el rodaje con Álvaro Sanz? Creo que el vídeo logra expresar con acierto la violencia residente en la canción, el plano fijo genera casi un sentimiento de agobio.
Esa es precisamente la idea, que resulte algo incómodo, violento. El rodaje fue muy divertido, tan sólo estábamos presentes Alvaro y yo, y fue un momento por el que mereció la pena el esfuerzo y malestar físico que ambos tuvimos en los días posteriores. Todo el mundo resalta las condiciones tan incómodas en las que tuve que rodar (colgada boca debajo de un árbol, semidesnuda, mojada, pasando frío –se rodó en enero en Galicia- y vocalizando al 200% de velocidad), pero a nadie se le ocurre pensar en las condiciones en las que Alvaro tuvo que hacerlo: atento al playback, al travelling, a hacer foco, a la lluvia artificial y a arrojarme cubos de agua desde una posición imposible. Por no mencionar a ayudarme a bajar y subir del árbol y a mantenerme en él entre toma y toma. Hizo un grandísimo trabajo.

“Before waking up” es, para mí, de largo una de las claras candidatas a entrar, ya a final de año, en esas odiosas listas de repaso anual. ¿Cómo surge esa ristra de colaboraciones amigas? (Rubén, Jason, Hannot… que si es el que grita en el coro final… ufff).
Sí, Hannot es el que grita tanto conmigo entre estrofa y estrofa, como al final en euskera. “Before waking up” es una canción con un significado muy bonito para mí. La compuse ya hace 9 años, incluso se llegó a grabar en las sesiones de “In the mirror” (2003), pero quedó fuera por la temática de su letra, que se salía de la historia que describe el disco. Había estado guardando esta canción en la recámara durante mucho tiempo, esperando el momento perfecto para que viera la luz. Me apetecía juntar en ella a amigos que significan mucho para mí, así que invité a Fernando Pascual (Tiburón), al propio Héctor Bardisa (Flyingpigmatanza, The Grave Yacht Club), quien además de tocar la batería se mete unos gritos, a Paco Jiménez, que por un momento dejó los mandos técnicos y se puso a gritar… Javier Díez-Ena (Dead Capo), contrabajista en el disco anterior, también se mete unos berridos… Rubén Martínez (Tokyo Sex Destruction) está la bajo, Jason Victor (Steve Wynn & The Miracle 3) desde Nueva York aporta una de sus alocadas guitarras, y ¿cómo no? Hannot Mintegia (Audience), la persona que inspiró esta canción, es quien la dota de una personalidad única con sus voces y slide guitar.
¿El carecer de banda propia posibilita un mayor abanico de posibilidades a la hora de componer o llevar tu música en directo? Una extraña capacidad para reinventarse en cada caso según la ocasión lo pida, poder mezclarte e influenciarte de alguien según aparezca una u otra persona.
Es exactamente eso: enriquecerme con lo que cada uno de ellos me puede aportar. El requisito fundamental es que sean amigos. Amigos con los una está a gusto yendo al cine, charlando o jugando al Intelect. Además da la casualidad de que son excelentes músicos, y que otro de los lugares en los que nos encontramos a gusto juntos es en el escenario. Respondiendo a tu primera pregunta: sí, a la hora de componer esto me brinda un mayor abanico de posibilidades. Nunca pienso a priori en que una canción debe contener forzosamente batería, bajo y dos guitarras (por ejemplo). No tengo que usar cierta instrumentación por “obligación”. Dejo que la canción fluya y ella misma nos lleva a pensar a Paco Jiménez y a mí en el vestido que mejor le sentará.
Hace unos días recordábamos un concierto muy especial de Standstill en un bosque en donde el grupo formaba un círculo alrededor del público. A raíz de la conversación salió la presentación de Before Waking Up en Siurana. ¿Qué tal la experiencia? ¿Te has planteado la posibilidad de ofrecer conciertos “inusuales”, ya sea por su formato, ubicación,…?
De hecho suelo hacerlo. Un ejemplo de concierto “inusual” fue ése que mencionas, al borde de un barranco en Siurana, un lugar mágico al que regreso cada cierto tiempo. Varios años antes Alvaro Sanz y yo ya hicimos un concierto especial en el refugio de montaña Ciriac Bonet, excavado en la propia roca. Alvaro proyectó unas imágenes preciosas y yo elegí unos temas que se adaptaban al entorno de aquella cueva en la penumbra. Me gusta mucho de vez en cuando hacer cosas así.

En 2003 creas Winslow Lab (luego Hambre y Ganas) para la autoedición de tus discos y organizar algunos conciertos con “amigos”. Curioseando un poco encontramos nombres como A Room With A View, Mursego, Nisei, Lisabö o Audience. Todas ellas grandes bandas con excelentes discos, pero, ¿hasta qué punto la “escena independiente” es un ente tan cerrado que engulle a muchas grupos sin que estos puedan demostrar todo su potencial artístico?
De la misma forma en que permite darse a conocer e incluso hacernos llegar al hartazgo con bandas totalmente innecesarias. Lo que escasea es la constancia y la voluntad de trabajar duro. Si ese “ente”, como tú lo llamas, acaba engullendo a muchos grupos sin que éstos puedan demostrar todo su potencial, en mi opinión es porque quizá algunos tiran la toalla demasiado pronto… Hay grupos que se devoran a sí mismos y se toman su propia dejadez de postre.
¿Cómo valoras la experiencia del trabajo con Aloud Music?
Parece que este disco viene pisando con muchísima fuerza. Aloud Music está realizando un trabajo increíble. No puedo estar más contenta con ellos. Como bien dices, el disco parece que está pisando con fuerza, y gracias a Aloud creo que estoy llegando a un público más amplio.
El disco está disponible para su descarga directa a través de la web de Aloud Music, toda tu discografia se encuentra a un precio escandalosamente bajo. ¿Es un paso más para la difusión de tu obra musical o, realmente, es posible participar de este “negocio” de manera más coherente con los tiempos que corren?
El que piense que vendiendo mis cuatro CDs por 20 euros, gastos de envío incluido, Aloud Music o Winslow Lab aún ganamos dinero, es que no tiene ni idea de lo que cuestan las cosas, y mucho menos el esfuerzo que supone hacerlas y trabajar para darlas a conocer. Apostamos por esta fórmula para dar difusión a mi material, y con suerte, poder reunir en mis conciertos cada vez a más gente.
A través de las comparaciones, siempre odiosas, es posible acercar la música de un artista a un público desconocido. En tu caso las referencias son de sobra conocidas, de aquí y de allá, pero sorprende, y agrada, ver que existe en ti un resquicio de la música de los noventa, del grunge. Incluso has llegado a comentar la similitud de algunas líneas vocales con Layne Staley (Alice In Chains). ¿Te veremos en un futuro más desgarrada y enérgica?
No lo sé. Las nuevas composiciones en las que estoy trabajando tienen un mismo hilo conductor en su temática (como casi todos mis discos), pero en su forma son bastante heterogéneas. En algunas de ellas abrazo la desnudez más extrema como forma de alcanzar ese desgarro y energía por los que preguntas. No siempre la fuerza es sinónimo de decibelios. Siempre he creído que menos es más. Así que en ese sentido, sí, es posible que me veáis más desgarrada y enérgica…
Alejandro Carrión.

