Quien piense,
a fortiori de alguna escucha, que el sonido de Orthodox es inaccesible, se equivoca,
no ha entendido el rito de acceso que al principio de cada disco, esta banda sevillana introduce con premeditada languidez.
El oyente ha de pelear contra sus prejuicios que permanezcan atornillados a su cerebro, y ser receptivo, para poder disfrutar de conceptos y evocaciones tan unívocos como los de este
Baal. Asimismo, más le vale no buscar un autorreconocimiento estético.
Orthodox traen su deseo de reinterpretar la fe y las creencias en lo sobrenatural a un primer plano, de una manera todavía más marcada que en sus anteriores obras, saltándose las impuestas lecturas culturales actuales, yendo a la raíz protohistórica, y jugando con este proceso como una crítica a lo establecido.
«¿Por qué no sabemos distinguir una Soleá de una Seguirilla? Rechazamos inmediatamente lo que viene de dentro y eso es un gran error. Miles Davis o John Coltrane se volvieron locos cuando descubrieron el flamenco o la música de Falla. Stravinsky quedó cautivado por algunas marchas cofrades. ¿Tienen que venir genios de fuera para decirnos que lo que tenemos es un tesoro? Lo que para muchos músicos de aquí es un complejo, para nosotros es un motivo de orgullo y una gran fuente de inspiración. Eso no quita que no podamos disfrutar con un disco de ZZ Top, Kris Kristofferson o Van Halen. Pero no vivimos en Los Ángeles, vivimos en Sevilla» (1).
Encontramos a muchos músicos que utilizan símbolos exóticos de otras culturas que no entienden, y los utilizan como máscara: este es un síntoma de la decadente línea de músicas urbanas y el agotamiento en general, de Occidente, en sus manifestaciones artísticas. Pero el post-metal de Orthodox es sincero.
Musicalmente, las cinco piezas que componen Baal son coherentes con el principio de rebelión simbólica, a través de su sonido primitivista, con el que ya han creado escuela e influencias locales y nacionales. Pero toda esta conceptualidad viene no por una necesidad de meterle garbanzos al muñeco de trapo; tampoco por ninguna certidumbre religiosa… sino por hacernos pensar (menudo reto) en cómo la tradición y linealidad judeo-cristiana es una concepción obsoleta en un mundo rizoma, en red, multicultural, globalista, donde los códigos institucionalizados nos hacen olvidarnos fácilmente de la cercanía que tenemos (apenas miles de años) con mitos, deidades, estructuras musicales, y cultura folk de épocas pasadas.
Nos han educado en una insoportable monotonía estética y ética, y el sonido agusanado de Orthodox se opone abruptamente.
Pero ¿por qué este género de vanguardia funciona tan bien? Fundamentalmente, porque las pulsiones que genera la música, no son tanto visuales, como en la pintura o en el cine, sino que la música suscita algo más irracional, perteneciente al carácter ritual, a las antiguas definiciones perdidas en el tiempo. Se dice que la música es recibida no direccionalmente, sino que “nos sumergimos en ella”. En Orthodox lo importante es el salto al vacío, y sobre todo la violencia con la que el sonido nos impacta.
Pero es el mensaje estético lo que esta banda sevillana sacrifica demasiado a favor de la reflexión, y donde el placer de la escucha no tiene un mayor sentido.
La música de Orthodox, como metalenguaje, probablemente no influya en muchos músicos, pero sí inspire con su mensaje. Y la inspiración es un requisito previo para una verdadera escuela o generación de música con ganas de decir cosas en Sevilla, Andalucía, España…
«Lo realmente peligroso para el sistema es ofrecer productos que, desde su misma base, atenten contra los principios sobre los que este se establece». Una evidencia que Orthodox comparte: la cultura como una herramienta para luchar contra lo impuesto.
Baal, cuyo nombre pertenece al dios “equivalente” a Zeus de diferentes culturas 2000 años antes de Cristo, también conocido como Hadad, es a menudo comparado con un toro salvaje (de ahí la canción “Taurus”), de cuyo nombre han derivado “Hanibaal” (otra pieza del disco), Asdrubaal, Baaltis o Baal-Zebub. Un trazo lingüístico-evolutivo nos expresa esa concepción pagana de retomar la mentalidad mística que hemos perdido.
Por todo esto, pocas veces absorbo un disco hasta agotar las apretujadas últimas palabras de agradecimientos, donde en este caso resultan un aporte llamativo: se infiere un contexto de cercanías, implicaturas, formas puras de oralidad combinadas con la abstracción formal de lo escrito, lo inmortal y lo caduco; una curiosa constatación del oyente (¡ah, son de esta época!) a través del apoyo mutuo y solidario recibido, que tanto se refleja en los géneros de música urbana, y que ya quisieran otras artes. Orthodox es historia viva. Ni siquiera en los libros, donde suelen verterse siempre páginas de agradecimientos, se permite esta dualidad oralidad-escritura que sobresale del objeto material y hace percibir lo intrahistórico. Lo digo y se percibe en muchas grandes obras; ahora con más razón: la música es un proceso inevitablemente social.