Crónica Rotting Christ + Brujería | San José – Costa Rica

Brujería y Rotting Christ: crónica de un reencuentro

Texto: «La Gota»

Fotografías: Moshunters y Blackline Productions – Promotores

(Jerga Latina)

Al ser las 3:45 p.m., llegué al bar El venado para calentar motores con los compas y borrachos consuetudinarios. Ese ha sido nuestro centro de comando hace más de ocho años. O más bien, centro de tragos y bocas para amenizar antes del concierto. Aún no había llegado mucha gente. Yo aproveché para buscar una mesa. La señora del bar, como me conoce desde hace centurias, me saludó y me dijo si hoy había concierto. Se frotó las manos, porque sabía que una legión de borrachos sedientos inundarían el local. Ya a las 4:30 p.m, efectivamente, no cabía un alfiler ahí. Llegaron compas de Cartago, Heredia y los más habituales de San José: Chapo de Aserrí, Enver, William Coyote y Karina, Marco Boniche, Brujo, Negro, Maza, Junior de Santa Ana, Wilbert, Povedón, Julio, entre muchos más carebarros borrachines. Faltaron algunas fichas sucias de los clientes frecuentes a los chivos, pero, como era domingo, a mucha gente le quedaba muy incómodo.

Todos queríamos vernos, ya que, desde el año 2019, no podíamos por la puta pandemia del Covid-19. El gobierno no dejaba hacer conciertos y, cada vez más, nos desperrábamos por querer escuchar la música extrema y blasfema que adoramos. Por pura coincidencia, la actividad fue el pasado domingo 17 de abril,
Día de Resurrección del pagador y muy manipulador de Jesucristo. A nadie le valía una picha ese fantasma de mierda. Todos íbamos a pasarla bien y aprovechar el tiempo para conversar amenamente. Las bocas bailaban por las mesas y las cervezas de toda marca hacían las delicias de los comensales. Era un día especial para vacilar y contar anécdotas de cómo habíamos pasado la pandemia en medio
del encierro y las restricciones sanitarias. Entre conversación y conversación, todo el mundo concluyó que fue muy obstinado pasar días y semanas enteras sin poder moverse de la casa; sin embargo, otros decían que les había gustado para no ver tanta pega jodiendo por todo lado. En fin, ya eran como las 6:00 p.m., y ya más de uno andaba bombeado y listo para entrar al concierto.

Unos nos dirigimos para a un supermercado chino a comprar la birrita fría antes de entrar a ese horno de Peppers. El chino malparido hizo el agosto y su aguinaldo ese domingo. Estaba hasta el elote de borrachos haciendo fila para saciar esas ansias por entrar por una suculenta Pilsen, un Bamboo o una Imperial.

Nos encaminamos para el concierto, y desde luego, había que echarse la miada en los árboles que están a la par del parqueo improvisado. No puede faltar intentar orinar algún carro que colocan cerca de dichos árboles. Aparecían unas güilas superguapas. Yo a todas les echaba el cuento, pero ninguna me dio pelota. ¡Manda huevo!, ¡si soy el más galán y guapo del grupo! Y, debo aclarar, que solo me tomé
seis birras. Andaba más sobrio que una monja en Semana Santa. Llegamos a la entrada de Peppers y buscamos a algún locazo que nos vendiera una birra o un Cuba Libre. Nadie aparecía, nuestras gargantas demandaban licor con rapidez. Estaba Tito vendiendo sus camisetas al lado izquierdo de Peppers. Eso sí, siempre acompañado de sus compas punks de toda la vida. Todo mundo con su pacha de Cacique en la bolsa trasera del pantalón y un purito de marilucha en la mano. O por lo menos, una tocola y una birra. Jamás nunca un Gatorade o una Coca Cola.

La fila para entrar al concierto era gigantesca. Había gente que estaba desde las 3:00 p.m.; Pero nosotros no podemos: primero hay que calentar la cabeza con algún tipo de alcaloide o licor. Así que, nos quedamos chingando afuera mientras la fila caminaba. Curiosamente, nadie me ofreció guaro: un milagro…Alcancé a ver que un roquillo andaba un tarro y lo llamé. Llegó y me dijo que andaba agua y birras. Yo, por supuesto, le pedí agüita, jajajajaja.

Me mandé la birra y nos fuimos para adentro. El calor era insoportable. Literalmente, la gente se asaba en el local. Para comprar una birra, había que hacer una fila de la gran putísima. Todo el mundo se empujaba y los precios estaban carísimos. Un detalle negativo para la organización del evento. El precio de la entrada estaba bien: dos grupos por 26 mil cañas (37 euros). No se podía mejor. Lo que deben hacer estos culiolos es calendarizar los chivos los viernes o sábados. Domingo es sumamente incómodo. Como a las 8:30 p.m. comenzó a sonar Rotting Christ. Trajeron un set list del último disco. Sonó rico, pero faltaron más piezas clásicas. Aun así, el mosh que se armó fue un basurero completo. Un montón de hijueputas rodaban en el despiche. Era obvio, más de dos años sin conciertos, era como darle un cuchillo a un loco en un avión. El bailongo se armó sin mucho mate. El público cantaba las piezas, otros ni las conocían, pero el asunto era disfrutar. El sonido estuvo bueno. La batería se oía como un tornado. Esos solos de guitarra eran furibundos, directo a la vena. ¡Pura mermelada! Las patadas y los empujones iban y venían sin cesar. Los gritos de la gente no paraban:  ¡Toquen, carepichas, porque hay que ir a bretear mañana!, ¡Chupo y mamo, Víctor Mora me llamo! Entre otros clásicos dichos populares. Yo me fui para atrás, porque ya estoy viejo para meterme a esa ensalada de pichazos; así que me dediqué a oír la calidad musical que traían los músicos griegos. Debo acotar, que el baterista de Belial Horde tocó en lugar del baterista original de Rotting Christ. Realizó un trabajo impecable. Inclusive, casi nadie notó que era un costarricense el que estaba detrás de la batuca. Un aplauso para Nash.

Brujería y Rotting Christ: crónica de un reencuentroVendría el turno de Brujería. Salió un video con la figura del mamaculos de Donald Trump. Se apagaron las luces por un instante y comenzó a sonar Pito Wilson. El público gritaba y pataleaba a lo maje. Volaban vasos de plástico y vi que un malparido tiró una cuecha verde y le cayó en la pura frente a una carajilla. Parecía que tenía una gelatina de limón. No aguanté la risa y me fui para la barra por un fresco de carambola. Creo que siguió Colas de Rata. Otro himno de estos titanes. Venían tirando casi todas las piezas del Raza Odiada. El carebarro de Juan Brujo y Pinche Peach motivaban a la gente a sacar mota y fumar. ¡Maravilla de caballeros! Más de uno sacó su puro y obedeció la orden. Un olor a mota corría por Peppers. Yo me tapé la nariz para no oler, jajajajaja. El despiche siguió y las canciones no paraban: La migra, Consejos narcos, La ley del plomo, Almas en venta, El desmadre, Matando güeros, El patrón, Padre nuestro, Brujerizmo, etc. Y, en un toque, comenzó un popurrí y todo el mundo se tiró a pista a bailar. A mí me sacaron un par de gorditas y moví un rato el esqueleto. Era lo único que quedaba. El sonido de Brujería fue sucio, cavernoso, potente. Eran las 11:10 p.m., y todo había terminado. Mucha gente se tiraba los pinchos de carnita para la “monchis”. Otros, sinvergüenzas jalaron para Butts a seguir el vacilón. ¡Qué dicha que volvieron los conciertos! Todo el mundo lo agradeció mucho…Y, como dice un compa mío:  “Pijamas, pantuflas y peditos”.

¡Hasta el próximo chivo, carepichas!

 

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