THE DOORS “The Doors” (1967) Por Luis Ibáñez.

thedoors-thedoors-cdalbum-Cuando descubrí a The Doors, yo era poco más que un tierno infante de ocho o nueve años. Alguien me había regalado poco tiempo atrás mi primer Walkman, y yo me pasaba las horas quemando mis cintas de Beatles y Who, obra todas ellas de mi tío Vicente Cagiao, mi gran mentor junto a mis padres en lo musical. Un día, buscando por casa, encontré una cinta con un recopilatorio de una banda llamada The Doors, a los que jamás había escuchado, pero cuyo nombre conocía porque hacía poco que había visto la portada de ‘L.A. Woman’ entre la colección de LP’s de mis padres. Recuerdo que el aspecto de Ray Manzarek en esa portada me recordaba al de John Lennon en los tiempos del ‘White Album’, así que decidí poner la cinta en mi Walkman para ver qué tal sonaban esos cuatro tipos que parecían unos Beatles raros. Empezaba así mi relación con la que poco tiempo después sería una de mis bandas predilectas y, sin duda, la que más me influyó cuando comencé a dedicarme a la música. Y hoy, una tarde plomiza y pseudo-tormentosa de primeros de Junio, me siento detrás de mi escritorio para desgranar el que fue su primer disco, llamado simplemente ‘The Doors’. Pero pongámonos en situación:

El año 1967 fue uno de los años clave en la historia del Rock. Paralelamente al despegue definitivo del movimiento Hippy con su famoso “Verano del Amor” se produjo una época de creatividad desmedida en lo musical que propició la salida al mercado de una serie de obras capitales dentro de la escena. The Beatles, sumergidos en una burbuja de experimentación y evolución sonora, deslumbraron al mundo con su brillante ‘Sgt. Pepper’, mientras unos recién llegados Pink Floyd debutaban con un disco tan amado como odiado y Cream tocaban techo en su “psycho-hard-blues” en ‘Disraeli Gears’. Al otro lado del atlántico, Jefferson Airplane nos hacían soñar con la cabeza apoyada en su ‘Surrealistic Pillow’, y Andy Warhol se convertía en padrino de unos hijos salvajes, fríos y desgarrados de los suburbios neoyorkinos, llamados The Velvet Underground. Sin embargo, en la soleada California, se gestaba la aparición del primer LP de una de las bandas más efímeras e influyentes de la música moderna. Un grupo que llamaba la atención por su oscurantismo y su lírica poética, con aromas de vanguardia francesa, que poco o nada tenía que ver con el ambiente festivo y playero que reinaba en su ciudad de origen. Un grupo que llegó como un ciclón y cuyo líder, Jim Morrison, acabó siendo engullido por la misma fuerza imparable que le impulsaba a crear.
Cuando el primer disco de The Doors vio la luz, la banda llevaba cerca de dos años tocando de forma habitual por los clubes de la escena, y empezaban a tener una importante legión de seguidores. Combo de sonido original donde los haya, su propuesta bebía tanto del Blues y el Jazz más clásicos como de la música Surf o la Psicodelia. Mientras sus contemporáneos cantaban odas a la paz y al amor libre, los textos de The Doors, muy influenciados por los mal llamados “poetas malditos”, hablaban de expandir la mente, de abrirse paso hasta el otro lado o de romper con el pasado en una emulación enfermiza de Edipo Rey.
A pesar de llegar a editar seis álbumes de estudio en apenas cuatro años, The Doors nunca lograron superar la magia, sonido e inspiración de su primer disco. Los primeros acordes de ‘Break on Through’, con su ritmo de Jazz salvaje, nos arrastran hacia un viaje iniciático que culmina con el tremendo orgasmo sonoro del final del poema épico ‘The End’. Entre medias no hay más que oro blanco: la calmada tragedia y la poesía de ‘The Crystal Ship’, el Blues desgarrado y sinvergüenza de ‘Back Door Man’, cuya letra es todavía más ácida en manos de Morrison que de Willie Dixon, la archiconocida introducción de órgano de ‘Light my Fire’ (canción compuesta por Robbie Krieger, por cierto, aunque la gente se empeñe en creer que es de Jim Morrison), la genial revisión del clásico de Bertolt Brecht y Kurt Weill ‘Alabama Song’, perteneciente a la obra ‘Mahagonny-Songspiel’ de 1927, el misticismo de ‘End of the Night’ o el Hard Rock desencadenado de ‘Take it as it comes’.
Es un disco de escucha obligada, prácticamente perfecto, que ha resistido de manera rocosa el paso del tiempo, cuya propuesta tanto musical como lírica es perfectamente válida en nuestros días y que ha inspirado a cientos de artistas posteriores que, en busca de esa ansiada perfección, han aplicado e incluso copiado sus conceptos sin llegar nunca a igualarlos ni, por supuesto, a superarlos.
Dijo Aldous Huxley: “Si las puertas de la percepción quedaran depuradas, todo se habría de mostrar al hombre tal cual es: infinito”.
¿A qué esperas para cruzar?
Hazle caso a Jim.

Luis Ibáñez.

Tracklist:

  1. Break on Through (To The Other Side)
  2. Soul Kitchen
  3. The Crystal Ship
  4. Twentieth Century Fox
  5. Alabama Song
  6. Light My Fire
  7. Back Door Man
  8. I Looked At You
  9. End Of The Night
  10. Take It As It Comes
  11. The End

 

Miembros:

Jim Morrison (Voz)

Robby Krieger (Guitarra)

Ray Manzarek (Órgano, Piano, Teclado y Bajo)

John Densmore (Batería)

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